made in 80’s (parte iii): los videojuegos

Ocio & Cultura

Después del parón veraniego llega la tercera entrega de Made in 80’s: ¡los videojuegos!

Debo reconocer – antes de entrar al hilo principal de la entrada – que me siento como un niño y es que hace apenas unas semanas, precisamente aprovechando las vacaciones, me reconcilié con el mundo gamer volviendo a las andadas tras años sin tocar un mando. Lo primero que pensé fue «¿qué coño has estado haciendo todo este tiempo privándote de toda esta magia?» Al poco recordé que, a pesar de los grandes títulos que han ido saliendo durante estos últimos años, la industria carece de aquella magia con la que bautizaba sus obras por aquellos maravillosos 80 y sobretodo 90 – la época dorada del videojuego – y que por mucho que ahora me sienta como un niño, sé que los juegos actuales difícilmente conseguirán el carisma de los de antaño.

Y sí, el videojuego es el decimos arte. «Lo escribo en voz alta» – si se me permite la expresión –. Grandes obras han pasado por las manos de los jugadores de distintas generaciones, desde los «Street Fighter II» y «The King of Fighters» que creaban cola en los salones recreativos, pasando por historias épicas como «The Legend of Zelda»– especialmente «Ocarina of time» –, la GRAN OBRA – sí, en mayúsculas – de SEGA «Shenmue» y la más grande historia de la fantasía final jamás contada: «Final Fantasy VII», hasta las híper producciones como «Grand Theft Auto Five» o «Metal Gear Phantom Pain».

y sí, el videojuego es el decimos arte. desde los arcade de the king of fighters, pasando por las aventuras de the legend of zelda, hasta la – esperemos que vuelva – gran historia de sega: shenmue

Pero esta historia se remonta atrás, cuando el midi era formato rey del audio, el número 16 el techo en número de bits por microprocesador y cuando las primeras palabras que todo adolescente aprendía en inglés eran «Insert Coin» y «Game Over» . Eran los años 80 y los salones recreativos formaban parte de la cultura juvenil del país. Adolescentes – y no tan adolescentes – hacían cola en las distintas máquinas de los locales para jugar entre colegas o retarse. Era la época de hacer los deberes o recoger el cuarto – hacer lo que tocaba – esperando unas monedillas a cambio, de tardes en la plaza sin gastar para, una vez a la semana o cada quince días, poder ir a echar alguna partida. La época del hoy te invito y mañana te toca a ti o la de disfrutar mirando a los «jugones» del barrio quemando records y pasando pantallas a golpe de botonera con una rapidez que hacía temblar por la salud de sus muñecas – haciendo mítica la frase: mi médico me ha dicho que tengo muñecas de octogenario –, pero sobre todo fue la época del rey de la pista. La época donde el mejor se quedaba defendiendo su joystick frente a los nuevos aspirantes que introducían cinco «duros» – 25 pesetas – para poder destronar al, hasta al por entonces, invicto jugador. Los años en los que se forjaban leyendas de tres letras en las listas de mejores marcadores. ¿Quien no ha visto un KZX con 986750 puntos en su juego favorito?

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era la época del «insert coin», de tener las muñecas de octogenario y del rey de la pista

Pero no nos engañemos, lo místico del asunto no era el número – puntuación –, sino las fábulas a raíz de su nombre. ¿Quién coño era KZX?,¿Quien por los 80 tenía un nombre que empezara por K y un apellido por Z y por X? Unos apuntaban a que era el chico extranjero que se veía de uvas a brevas, otros que era Jhonny – Juan el del bar –, el mismo que llevaba el paquete de tabaco en la manga de la camiseta – arremangada, claro está – a lo Travolta y que las siglas eran las del modelo de su moto. Sea como fuere, eran centros donde la rivalidad y el compañerismo fluían a partes iguales.

Y es que se estremece la piel cuando recuerdo a «los chicos mayores» jugando a juegos como – el por muchos años rey de los centros recreativos – «Pacman». Su dinámica simple animaba a todo el mundo a probarlo, pero tras cierto tiempo asombraba ver como la dificultad crecía paulatinamente hasta dejarte sin aliento. El asombroso y colorido «Bubble Bobble» – del que un servidor estaba enganchado –, o de los frenéticos «Contra», «Galaga» y sobretodo – recordado con muchísimo cariño – «Ghost ‘n Goblins».

pero no nos engañemos, lo místico del asunto no era el número – puntuación –, sino las fábulas a raíz de su nombre. ¿quién coño era kzx?,¿quien por los 80 tenía un nombre que empezara k y un apellido por z y por x?

Lo que molaba también de esa época fue la fácil adaptación de estos a las consolas de sobremesa de por entonces. Pronto – siempre que la familia se pudiera permitir, por ejemplo, las cuarenta mil pesetas (unos 240 euros) que te soplaban por una NES o una Megadrive – se podía disfrutar de tardes en el comedor con los hermanos, amigos o familia compitiendo al «Tetris», saltando barriles al «Donkey Kong» o pasando pantallas al «Double Dragon». También era común practicar con títulos de las recreativas en casa para luego petarlo en el centro, cosa que pocas veces funcionaba, ya que la dificultad entre sistemas variaba. Se invertían tardes conduciendo Ferraris a toda leche con la rubia al lado en «Out Run» o intentando llegar al jefe final de «Golden Axe» para comprobar si el bigboss del juego era un malvado dragón o un tío súper chungo con armadura como decían los que aseguraban – casi siempre era mentira – que lo habían derrotado.

Pero lo mejor era lo rápido que se podía disfrutar de un título. Encender y empezar. No habían tiempos de carga, ni largas escenas de video, ni tutoriales, ni hostias. Desde el segundo uno estabas saltando o matando bichos. ¿Y qué era eso de guardar la partida? Los juegos estaban hechos para disfrutarse al instante e ir mejorando cada vez que se jugaba, para superar puntuaciones – score – situadas casi siempre en la parte derecha superior de la pantalla y, sobre todo, crear un reto nuevo cada día. Vamos, el arcade en el más puro sentido de la palabra.

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En definitiva, como el tipo corriente nacido en los 80 que soy, disfruté mucho más de los juegos noventeros. Pasé mi infancia saltando plataformas con RockmanMegaman en España –, emocionándome con Cloud y Link salvando el mundo y partiéndome la cara con los colegas a base de Kamehames – ondavitalnogracias 😀 – y Hadou kens. También reconozco que esa década fue la de los grandes títulos – que marcaron un punto de inflexión en la industria – pero hay algo en lo que no podrán superar jamás los ochenteros: Lo realistas que nos parecían a los gráficos 8 y 16 bits – sobre todo al compararlos con sus portadas –. Eso sí era magia…

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Written by Lluís AM

Al contrario que Neo, en ocasiones, me pregunto si tomé la píldora equivocada. Sueño con un mundo donde la cultura y el esfuerzo sean la piedra angular. Mientras tanto, doy clases, dibujo, restauro coches y escribo cosas - a veces - con sentido y siempre con el "play" puesto. Me mola lo retro.

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