¡Esta es nuestra primera entrada de la pasada – pero genial – aventura por el Low Festival!
Lo propio es advertir comentar que, es la primera vez que intentamos explicar una experiencia similar en el blog y esperamos que sea de vuestro agrado.
Día 1 – Welcome Party –
Nuestra aventura comienza – como es típico y tópico – con el madrugón correspondiente del día que tienes que cruzar medio país.

Salimos hacia la estación de trenes de Barcelona y como es de esperar, no hay ni dios en la carretera. Te sientes como el día que tienes que ir a urgencias y se juega el Barça – Madrid o la final de la Champions. Una ciudad vacía al más puro estilo «I’m a Legend».
Llegamos, como es costumbre en nosotros, a una hora prudencial. No queríamos sustos e imprevistos de última hora. Desayunamos en la propia estación – con las consecuentes caras de troll moribundo de sueño – y cuando fue la hora subimos al tren rumbo a Alicante.
Pasadas cinco – jodidísimas larguísimas – horas llegamos a la ciudad y hacemos el correspondiente transbordo al bus que nos llevaría, por fin, a Benidorm. Cabe destacar que el bus molaba bastante. El «bicho» tenía tablets en cada asiento y nos echamos unos vicios al Angry Birds, así que desde aquí enviamos un beso al tipo que tuvo la genial idea.
Después de ponernos como el Kiko el en restaurante del hotel y chapotear cual guiris en la piscina – con la musiquilla de ambiente típica de este tipo de hoteles –, decidimos maquearnos un poco y poner rumbo a la «Welcome Party» – GRATUITA – de la playa que el Low había preparado para el personal.
Subimos al bus y de camino al lugar, podemos observar que Benidorm es un lugar de contrastes. Combina lo más chulo – si es que tiene algo de chulo – de la especulación y la época del derroche y, la cara de ghetto chungo y sórdido al más puro estilo Badía del Vallés. Edificios ostentos, pero con un ligero tufo a barato y glamour del pobre, combinaban con la verdadera esencia de la ciudad, edificios de cuando Franco era corneta con el consecuente «encanto de lo cutre».
subimos al bus y de camino al lugar, podemos observar que benidorm es un lugar de contrastes. combina lo más chulo – si es que tiene algo de chulo – de la especulación y la época del derroche y, la cara de ghetto chungo y sórdido al más puro estilo badía del vallés.
La gente del local era lo más, nos atendieron rápido y con buen feedback. Molaba el ambiente de puta madre joven y dinámico que se respiraba e invitaba a quedarse a tomar algo. Destacaba la ambientación del lugar y sobretodo unos carteles, en la puerta, que invitaban a los que pasaban por ahí a un par de directos «tributo» a grandes grupos – nos quedamos con ganas de saborear el de David Gilmour –.

¡Por fin llegamos al escenario! La calle se quedaba algo estrecha para la cantidad de gente que podía llegar a venir con la buena elección de cartel. Aún había sol y se divisaban muchos claros entre el público. No hizo falta el uso de nuestras técnicas ninja para movernos entre el gentío y con facilidad nos hicimos con un lugar en primera fila justo antes de que el concierto empezara.
Todo empezó viendo a unos tipos normales y corrientes subiendo al escenario. Gente que te cruzarías por la calle y pasarían inadvertidos, lejos de la imagen vintage – bien llevada – vista en el grupo desde su «Tiempo de Nísperos».
Coincidimos que, además del buen directo – nunca les habíamos escuchado tan de cerca – que hicieron, lo mejor fue el popurrí de canciones extraídas de sus diferentes trabajos. Es algo de agradecer y que – lamentablemente – no todos los grupos hacen.
Y es que escuchar a Rusos Blancos fue cómo estrenar un iPhone. Tener entre manos – frente a ti – algo que se siente distinto al resto, con un toque exclusivo y un estilo distinto a lo convencional.
y es que escuchar a rusos blancos fue cómo estrenar un iphone. tener entre manos – frente a ti – algo que se siente distinto al resto, con un toque exclusivo y un estilo distinto a lo convencional
En términos generales el grupo y en concreto Manu Rodríguez – cantante –, se sentía cómodo con los ritmos melódicos y si hiciéramos el símil con un postre, siendo él un pastel de chocolate – negro por supuesto –, Laura Prieto – bajo y coros – sería el Cabernet que le acompañaba. En la actuación encontremos canciones de «Crocanti» – su obra más bailable – que aparta las guitarras a favor de unos ritmos bien logrados por sintetizadores, al más puro estilo disco pop electrónico, con toques funk que forman la guinda del pastel.





